EL TOPO (1970) y El Nacimiento del “Acid Western”
Por Jacquelinne Magos Mellado
“El Topo” (1970) es la segunda película del director chileno Alejandro Jodorowsky, la cual lo lanzó al estrellato cinematográfico gracias a las exhibiciones nocturnas que se realizaban en Nueva York. A pesar de haber sido grabada aquí, debido a su alto grado de violencia, desnudo y en general absurdo, la película fue despreciada en México al punto que el público pidió que fuera censurada y prohibida su distribución dentro del país, incluso se rumoreaba que el disgusto fue tanto que se quiso que el mismo director fuera expulsado del país.
Ante la hostilidad del público mexicano, Jodorowsky decidió encontrar distribución para la película fuera del país hasta que se topó con el interés de un grupo particular de hippies en Nueva York, los cuales se dedicaban a coleccionar y esparcir entre su círculo obras de arte extrañas las cuales no encontraban un lugar en sus industrias específicas. Ahí es donde El Topo tiene la suerte de captar la atención de una pareja célebre: John Lennon y Joko Ono, quienes quedaron encantados con la propuesta absurda de la película al punto de que el cantante le ofreció al director el apoyo de un manager de su banda The Beatles para ayudarle a distribuir la película por Estados Unidos. A su vez, John Lennon prestó financiamiento para su siguiente película “La Montaña Sagrada”.
Gracias a la caridad e interés de una mente igual de loca que la suya, Jodorowsky encontró un grupo de fans primero en sus exhibiciones nocturnas y luego en salas de cine comerciales americanas. Estos nuevos fans no sólo admiraban su película, sino que la consideraban una película de culto y a su director un visionario. Algunos incluso veneraban al mismo Jodorowsky como si fuera un nuevo santo patrono del cine absurdista. En medio de estos fans, predominaban los famosos hippies de los 70 's, los cuales popularizaron durante las exhibiciones nocturnas el consumo de drogas como LSD y mariguana para intensificar el efecto de la película que no manejaba una narrativa lineal ni iconografía lógica.
Mientras que en estos grupos de jóvenes y de hippies la película ganaba popularidad rápidamente, entre las generaciones mayores y los críticos de cine americanos no fue bienvenida. Su nivel desmesurado de violencia horrorizaba a las generaciones que consideraban que la película rayaba en la explotación del dolor humano para impactar de forma barata al espectador; para otros era una forma vulgar de arrastrar a la juventud fácil de impresionar a las salas de cine con la promesa de desnudos explícitos, fetiches escandalosos y el morbo general de la decadencia humana en su mayor esplendor. Otros no lograban sobrellevar el compartir la sala con un grupo de personas que les parecía apropiado ver la película con los efectos de drogas estupefacientes.
En medio de críticas mixtas, entre personas que alababan El Topo como una obra maestra y aquellos que la odiaban al punto de salir de las salas sin terminar su visualización, resaltó la crítica de Pauline Kael, la crítica de cine de The New Yorker bien conocida por sus opiniones fuertes y valientes que desafiaron la opinión popular del público y sus contemporáneos. Famosamente, Kael perteneció al grupo de aquellos que no lograban comprender la popularidad de El Topo, pues consideraba que la película estaba lejos de ser una buena película y a su vez, el director estaba lejos de tener un lugar en la industria cinematográfica con su propuesta “superficial”.
De acuerdo a Kael, sus principales críticas de la película fue que se sintió escandalizada por la falta de shock de la generación joven ante la violencia, la sangre y la crueldad de los personajes. Consideraba extraño que aquellos espectadores no sintieran el más mínimo sentimiento de repele contra la violencia y parecían indiferentes a una representación tan explícita de la misma. Creía que la normalización de esta violencia solo sería como un comienzo a la falta de seriedad que se le tomaba a las películas; valoraba más el realismo en las películas y que el espectador se sumergiera tanto en ella que sintiera el peso de las acciones de la misma.
A su vez, consideraba que la película parecía compensar su falta de profundidad y sentido con la implementación de iconografía y simbolismos que se le hacían aburridos o un recurso barato de la cinematografía, así como creía que cosas como las religiones contrarias asociadas a las ideologías y mitos de los personajes no aportaban nada a la historia y solo fingían añadir profundidad a un mensaje absurdo. También comparó el aspecto surrealista de la misma con películas del director Luis Buñuel, señalando comparaciones entre el surrealismo mexicano pero resaltando que Jodorowsky es incapaz de hacer algo significativo con estos símbolos por la carencia de cohesión entre la historia y la aparición de los mismos.
Llamó a la película un “surrealismo comercial”, el cual atraía a las masas vendiéndole la ilusión de que experimentarían un surrealismo profundo que los haría reflexionar sobre la vida, el crecimiento y el rol de la religión en un despertar espiritual, pero que no hacía nada más que apantallar al espectador con infinidad de recursos que carecían de importancia real y que solo fueron enaltecidos por aquellas personas que lo “más valioso” era todo aquello que se asemejara a la estética de sus “mariguanadas”.
Por último, consideró que aquel grupo de espectadores que disfrutaban de ver la película bajo los efectos de las drogas carecían de un criterio verdadero para considerar la película como buena o profunda, ya que creía que si una película necesitaba de la ayuda de la percepción intensificada del espectador, entonces en realidad no tenía mucho que ofrecer a un nivel real. Finalizó su crítica con la seguridad de que una experiencia intensa como El Topo solo buscaba atraer a personas desconectadas de la realidad por culpa de las drogas mediante la explotación de la violencia y el ofrecimiento de que el otorgarle un lugar a la película permitía ir contra-cultura, es decir, sentir que se rebela contra la industria comercial por apoyar una película que bajo otras circunstancias nunca hubiera tocado los cines comerciales.
En la severa y directa crítica de Kael nace el término de “Acid Western” a modo de otorgarle un género particular a una película que mezclaba tantos géneros y temáticas que era imposible acomodarlo en una existente. En sí, el término no servía para explicar las características de la película y darle un lugar propio a la misma, sino como una forma de denigrar el género que la misma había creado. El nombre de “Acid” viene por el disgusto de Kael ante el público que consumía drogas durante la exhibición; en Estados Unidos el nombre que se le daba al LSD también era “Acid”, de ácido. Mientras que el término de Western viene de la relación que encontró entre la película y las temáticas del Spaghetti Western y el Western Revisionista; aunque a su vez esta distinción de Western también vino con su ración de hostilidad ante el rechazo del género que el mismo Jodorowsky le quiso dar a la película, el cual fue el “Eastern” por querer inclinarse más por la inspiración y valores de religiones orientales como el budismo Zen.
Mientras que el género buscó denigrar la película de El Topo, con el tiempo el mismo cobró fuerza y se apropió del término para tener un lugar dentro del Western estereotípico, así como se siguieron agregando más películas representativas a su repertorio, tales como Dead Man (1996), Wild Bill (1995) y Blueberry (2004). El género sigue sin encontrar mucho reconocimiento entre críticos y el público, con reseñas mixtas y en general poca popularidad en taquilla, pero lo que nadie puede negar es que, aunque El Topo pueda no ser la película favorita de cualquiera y no sea la mejor dentro del repertorio del director, su impacto tanto en su carrera como dentro de la industria cinematográfica terminó por abrir puertas y permitirle a él explorar más expresiones de su arte que eventualmente solidificarían su importancia como representante del cine de autor.