Aprender a odiar: Guerra, trauma y humanidad en Pluto
Por Haziel Ankrom
A día de hoy, se está viviendo en Oriente Medio uno de los conflictos más grandes de los últimos años. Israel ataca a Palestina en lo que muchos analistas del conflicto tachan, a falta de razones medianamente racionales, como un genocidio. Mientras que, en un mundo que premia más el espectáculo, la rentabilidad y el morbo por encima del bien común, se prolonga el conflicto por intereses económicos y, al mismo tiempo, es el detonante del resurgimiento de discursos de odio donde la procedencia geográfica, la ideología y los rasgos físicos concretos, en el lugar equivocado, pueden ser el factor determinante para que una persona sea objeto de discriminación y abuso sistemático.
El conflicto parece no tener un final satisfactorio, pues un sistema en el que la muerte y la ideología son recursos explotables prolonga el conflicto lo más posible, aprovechándose de dos países con tensiones políticas que provienen del trauma: el Holocausto judío como herida colectiva de los israelíes y la Nakba por parte del pueblo palestino, convirtiendo a este conflicto en un proceso donde el miedo fragmenta y sataniza, convirtiendo a la víctima en victimario, en un ciclo de odio interminable que nadie está dispuesto a frenar.
En paralelo al conflicto ocurrido en Oriente Medio, la IA se establece como una herramienta para el uso público, revitalizando debates sobre su uso y las consecuencias futuras que podría traer el desarrollo de la misma en el futuro. Estos debates, fundamentados por el miedo primigenio a que nuestra creación se vuelva en nuestra contra, se han retratado a lo largo de las décadas en películas y libros, con inteligencias artificiales ahora habitantes de cuerpos sintéticos, a los que apodaríamos como robots.
La ficción nos ha enseñado que el robot, como lo conocemos, solo puede ser un asistente o un enemigo. Esta brecha tan grande que hemos impuesto con lo que suele ser nuestra creación más sofisticada reduce el abanico de emociones a solo desprecio y miedo, propios de percepciones de superioridad o inferioridad que sentimos al compararnos con ellos constantemente. Bajo la perspectiva de que los robots, o más concretamente la inteligencia artificial, son un hijo de la humanidad al que se le expone a emociones que, en circunstancias humanas, serían marginales. ¿Qué esperamos que aprendan de nosotros?
Ilustración: Tierra Gamer
¿Qué es Pluto?
Pluto, la reinterpretación de Astro Boy escrita por Naoki Urasawa, es una historia de ciencia ficción y thriller en la cual se explora cómo la inteligencia artificial se desarrolla en el momento exacto en el que la singularidad en la inteligencia artificial se hace presente. Independientemente de su procedencia y su capacidad tecnológica, los robots comienzan a generar sentimientos. Comienzan a mimetizarse con nuestros hábitos, aprecian el arte o el sabor delicioso de un helado, y si bien realmente no están programados para percibir sabores o tener sensibilidad artística, algo en su interior les impulsa a entender el comportamiento humano por medio de actitudes fingidas que día con día entienden mejor.
La serie comienza con dos crímenes de odio: la muerte de Mont Blanc, uno de los siete robots más fuertes del mundo que se dedicaba a cuidar el medio ambiente, y Bernard Lanke, un ser humano que abogaba por los derechos de los robots. Ambos fallecidos bajo circunstancias similares, primeras víctimas de una gran conspiración difícil de resolver, pues en teoría un robot no puede asesinar a un ser humano según las leyes de la robótica de esa sociedad, de modo que, por más querido que hubiera sido Mont Blanc, su muerte pasa un poco más desapercibida por la ley.
Dichos crímenes no son más que ecos de la 39.ª guerra de Asia Central, un conflicto iniciado por la sospecha del 100 % ficticio país de Estados Unidos de Tracia de que Persia poseía robots de destrucción masiva, enfrentando a robots y humanos en frentes distintos. Robots como Hercules o Brando, ambas diferentes perspectivas de un soldado retirado, nos muestran cómo cuestionaban el matar; peor aún, recordando esta regla de oro en la que los robots no pueden matar humanos, solo podían matar a los de su propia especie, producto de un conflicto que no les pertenece. El tratamiento es impresionante porque no vemos su dolor, sino más bien el proceso de ellos entendiendo desde cierta inocencia el malestar que les provoca haber matado a otros robots.
Un ejemplo extraordinario es cuando Hercules, caminando por el campo de batalla, observa a un robot lavándose las manos, buscando liberarse de la culpa de haber asesinado a sus semejantes de otro bando, alegando que la “sangre”, que en robots es inexistente, no se va, por más que el agua recorre sus manos, revelando que esta singularidad, a la cual se le ve con temor en la ficción y en la realidad, le permitió al robot crear símbolos y rituales que le ayuden a lidiar con la culpa. La serie plantea que una mente robótica avanzada solo podría existir no como parte de una programación extraordinaria, sino de las emociones desequilibradas propias de un individuo incapaz de terminar de entender el conflicto que lo rodea.
La guerra como detonante de las emociones humanas en la inteligencia artificial es el conflicto principal de los protagonistas de Pluto, pues, ejerciendo o rechazando su propósito, cuestionan constantemente a la humanidad sobre los motivos que tuvo al haber destruido un país entero y, en su sofisticada consciencia, deciden vivir y darle al mundo lo que le quitaron con esa guerra. Desgraciadamente, son los primeros en caer ante Pluto, el cual, más allá de ser un robot y antagonista principal de la obra, es también el síntoma de una culpa que la humanidad aún no puede superar, imponiéndose como un fenómeno natural que viene a vengarse de aquellos que destruyeron su nación, como si de un castigo divino se tratara.
Ya dentro de estos pequeños fragmentos de worldbuilding, complementados con diversos comentarios despectivos que dicen los humanos hacia los robots, podemos entender que el robot, sin importar lo avanzado o útil que sea, siempre será inferior al humano o, en su defecto, tiene que estar a su merced si desea estar vivo. Vemos cómo los humanos les temen por ser tan idénticos en apariencia, pues el autor, al hacer los diseños de sus personajes más acordes al mundo oscuro que plantea, deconstruye la idea tradicional del robot y lo aterriza a una perspectiva en la que el robot es más idéntico que nunca al ser humano. De cierto modo, puede ser incluso una declaración de intenciones el diferenciar a los robots relevantes del resto de los robots secundarios o de fondo, como si de alguna manera el autor supiera que solo con apariencias similares a los seres humanos el lector o espectador los tomará en serio.
Poster Oficial Netflix
Pues la serie juega mucho con la percepción del espectador, ya que al verla con otras personas, cuando ocurrían escenas en las que un robot mostraba sentimientos o humanidad, solían invalidarlo por el simple hecho de ser un robot, convirtiendo al espectador y sus concepciones en un partícipe más de esta discriminación generalizada. El robot, como integrante de la sociedad, no puede adoptar hijos con la misma facilidad que un ser humano; aun cuando dicho infante sea un robot, tienen que pasar por un escáner que los identifique. Existen grupos de odio que perciben a los robots como esclavos que deben ser menospreciados. El robot no es más que la excusa para hablar de toda minoría étnica e ideológica en nuestra sociedad: los rechazamos, les impedimos elegir, los matamos y, aun así, queremos que nos sirvan. Somos testigos de cómo los robots, ya desde su concepción, la decisión de su diseño y una capacidad mental predefinida predisponen sus funciones. Un robot sirviente siempre será cálido, mientras que un soldado impondrá miedo u orgullo; aun cuando quiera aprender a ser cálido, siempre será un arma.
No obstante, los robots en Pluto no protestan, solo observan sus propias limitantes e intentan ser tan humanos como su programación les permite. No pueden sentir, no pueden amar, no es necesario que coman, pero en su proceso de mimetismo sin fin ven placer en estar acompañados; cada día entienden mejor la satisfacción de comer algo dulce y ven belleza que aún no saben comunicar en las notas musicales. Y del mismo modo que existen robots como North No. 2 o Atom, que son ejemplos de cómo la singularidad los acerca a generar sentimientos como la empatía y la apreciación, existe en su interior la capacidad de sentir odio, siendo el ejemplo más prominente el mismo Pluto, cuyo odio no reside en una mala programación: nace de una respuesta lógica, de un trauma heredado por su nación, condicionado por un cuerpo ya concebido para matar y un contexto desolador para la tierra que lo vio nacer.
El desarrollo natural y la guerra terminaron por asentar en ellos comportamientos contradictorios, dudas y anhelos que trascendieron los propósitos para los que fueron creados. El ser humano los desprecia porque, en la rigidez de las contradicciones aprendidas, los robots ponen en duda la moral humana: se vuelven un espejo de nosotros mismos, y eso duele.
En un intento desesperado por negar el mal implícito en nosotros, culpamos al robot. Esperamos que en la aparente perfección técnica de un robot sean más virtuosos que nosotros, siempre y cuando no usen el poder desmesurado que cínicamente les entregamos para dañarnos, como si la condición biológica del ser humano fuera la responsable del mal que somos capaces de cometer.
Aun así, los robots respetan al ser humano; no buscan rebelarse, solo se acercan a nosotros en busca de un mentor que les ayude a entender lo que sienten. Y si bien somos testigos de cómo un robot aprende a odiar, también vemos su deseo de romper ese ciclo, de construir un mundo donde el odio ya no tenga cabida. Pluto nos habla de un presente que puede repetirse, de cómo seguimos satanizando y martirizando naciones y personas.
En tiempos de polarización ideológica y campañas de odio, Pluto no habla sobre cómo las máquinas se rebelarán contra nosotros; más bien, explora las circunstancias que vuelven factible una realidad tan temida, tales como la falta de coherencia humana, los valores que traicionamos y los traumas que nunca nos atrevimos a confrontar.
¿Es eso lo que esperamos que aprendan de nosotros?